¿Por qué mi cabeza no para aunque todo vaya bien?

Hay momentos en los que, aparentemente, todo está bien. No está ocurriendo nada especialmente grave. Tu vida sigue su curso, tienes trabajo, personas que quieres, planes, cosas que hacer…

Y, sin embargo, tu cabeza no para.

Piensas en lo que ocurrió ayer, en lo que tienes que hacer mañana, en aquella conversación que tuviste hace unos días, en algo que quizá podría salir mal, en lo que deberías estar haciendo ahora, en lo que aparentemente falta en tu vida, pero no consigues identificar.

Intentas distraerte, pero aparece otro pensamiento. Coges el móvil, te entretienes un rato con cualquier tontería, sigues con tus cosas, pero ahora te sientes peor por haber perdido el tiempo. Quizá ves una serie, escuchas un podcast o te pones a ordenar.

Pero cuando llega un momento de silencio, ahí vuelve esa sensación, esa incomodidad. Tu mente vuelve a activarse con esos mismos pensamientos de antes que han quedado aparcados por unos minutos o quizá horas gracias a un scroll infinito. Pero, cuando dejas de evitarlos, ahí siguen y puede que con más fuerza, culpa y sensación de insatisfacción y vacío.

Y puede que te preguntes:

«¿Por qué no puedo simplemente estar tranquila?»

Pensar es necesario. Rumiar constantemente, no.

Nuestra mente está diseñada para pensar. Es imposible eso que dicen de dejar la mente en blanco, si acaso quizá lo consigas por unas milésimas de segundo.

Pensar nos permite anticipar situaciones, tomar decisiones, aprender de lo ocurrido y prepararnos para lo que viene.

Pensar no es el problema, lo que haces con esos pensamientos es lo que marca la diferencia. El problema aparece cuando el pensamiento deja de ser una herramienta que utilizamos y se convierte en un lugar en el que vivimos casi permanentemente.

Una cosa es pensar:

«Mañana tengo una reunión. Voy a preparar esto y esto otro.»

Y otra muy diferente es pasar horas imaginando todas las cosas que podrían salir mal, repasando conversaciones, buscando respuestas que no existen o intentando encontrar una certeza que probablemente nunca llegará.

En ese momento ya no estamos resolviendo. Estamos dando vueltas, rumiando, con esa mente de mono que salta constantemente de una rama a otra.

A veces pensamos para intentar sentirnos seguros:

Una de las razones por las que nuestra mente puede mantenerse tan activa es la necesidad de controlar porque no soportamos la incertidumbre.

Pensamos que, si conseguimos anticiparnos a todo, quizá podamos evitar que ocurra algo que nos haga daño.

«¿Y si pasa esto?»

«¿Y si se enfada?»

«¿Y si me equivoco?»

«¿Y si no sale bien?»

«¿Y si en realidad…?»

La mente intenta encontrar una respuesta que nos permita sentir que tenemos el control, pero hay algo incómodo que necesitamos aceptar.

No podemos pensar lo suficiente como para controlar la vida. Es imposible.

Siempre habrá cosas que no sabemos, siempre habrá incertidumbre, siempre habrá situaciones que no podremos prever.

Y cuanto más intentamos conseguir una seguridad absoluta a través del pensamiento, más pensamientos necesitamos.

A veces pensamos para no sentir:

Esta es quizá una de las partes menos evidentes. No todo pensamiento tiene como objetivo resolver algo. A veces pensar es una manera de alejarnos de lo que estamos sintiendo.

Porque sentir puede resultar incómodo, puede dar miedo, puede doler. Puede hacernos entrar en contacto con una tristeza que no queremos mirar, con una sensación de vacío, con soledad, con inseguridad, con enfado… Entonces hacemos algo que conocemos muy bien:

Nos vamos a la cabeza, a la mente. Sentimos que a esta la controlamos más.

Analizamos, buscamos explicaciones, intentamos entender, damos vueltas, pensamos qué deberíamos hacer, pensamos qué hizo la otra persona, pensamos qué significa todo aquello.

Y mientras estamos ocupados pensando, durante un rato no tenemos que sentir.

Pero aquello que no sentimos no desaparece necesariamente. Simplemente queda esperando a que volvamos a estar disponibles para escucharlo.

Quizá no necesitas pensar menos. Quizá necesitas dejar de irte detrás de cada pensamiento:

Cuando intentamos dejar la mente en blanco, normalmente ocurre justo lo contrario.

«No quiero pensar en esto.»

Y ahí está otra vez.

«Tengo que dejar de pensar.»

Y estamos pensando en dejar de pensar. La cuestión no es conseguir que aparezca menos pensamiento. La cuestión es cambiar nuestra relación con él. Un pensamiento puede aparecer sin que tengas que seguirlo.

Puedes observar:

«Estoy teniendo el pensamiento de que algo va a salir mal.»

En lugar de:

«Algo va a salir mal.»

Parece una diferencia pequeña, pero no lo es. En el primer caso estás observando un pensamiento. En el segundo, estás dentro de él.

Volver al cuerpo

Cuando llevamos mucho tiempo viviendo en nuestra cabeza, volver al cuerpo puede ser una manera sencilla de regresar al presente. Puedes probar algo muy simple. Detente durante unos instantes, no necesitas hacer nada especial, tan solo cierra los ojos si te resulta cómodo y observa:

¿Qué sensaciones hay ahora mismo en tu cuerpo? Quizá notes tensión en la mandíbula, quizá el pecho esté apretado. quizá haya un nudo en el estómago, quizá notes cansancio.

Notes lo que notes no intentes cambiarlo, no intentes relajarte. Simplemente acepta lo que ocurra sin resistencia.

Simplemente date cuenta y respira. Y permanece unos instantes ahí.

Esto puede parecer muy sencillo, pero tiene algo importante: durante unos momentos dejas de vivir exclusivamente en lo que ocurrió o en lo que podría ocurrir y vuelves a lo único que está sucediendo realmente.

Una práctica de tres minutos

La próxima vez que notes que tu cabeza está especialmente activa, prueba esto.

Primer minuto: observa.

Siéntate y observa tus pensamientos sin intentar detenerlos, imagina que estás sentada en la orilla de un río viendo pasar hojas sobre el agua. Cada pensamiento es una hoja, no necesitas coger ninguna. Déjalas pasar.

Segundo minuto: siente.

Lleva la atención al cuerpo. ¿Qué notas?

Temperatura, tensión, respiración, contacto de los pies con el suelo, sensaciones en el pecho o en el abdomen…

No necesitas cambiar nada. Solo sentir.

Tercer minuto: respira.

Siente cómo entra y sale el aire. Si aparece un pensamiento, date cuenta. Y vuelve suavemente a la respiración. Una y otra vez.

Estás practicando algo sencillo: Estar.

No necesitas resolver tu vida para poder estar en paz durante unos minutos

Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a buscar fuera. Más información, más respuestas, más actividades, más estímulos, más cosas que hacer…

Y quizá, sin darnos cuenta, hemos olvidado algo muy básico:

Cómo quedarnos. Quedarnos cuando aparece el silencio, quedarnos cuando aparece una emoción, quedarnos cuando no sabemos qué va a ocurrir, quedarnos cuando no tenemos nada que resolver.

Porque quizá la calma no consiste en conseguir que todo esté bajo control.

Quizá consiste, poco a poco, en descubrir que puedes estar contigo incluso cuando no lo está.

A veces no necesitamos buscar otra cosa. Necesitamos aprender a quedarnos con lo que ya está, aunque nos incomode, sobre todo, si estamos muy acostumbradas a huir de ello.

Te abrazo muy fuerte. Sé compasiva contigo misma y, sobre todo, no te abandones.

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