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Ya lo decía el propio padre de la medicina Hipócrates “Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento” y es que, él ya comprobó la influencia que los alimentos tienen en nuestra salud. El alimento puede sanarnos y también prevenir determinadas dolencias, al igual que puede enfermarnos seriamente. Es gracias a que comemos que tenemos la energía y fuerza suficiente para poder vivir y realizar las tareas de nuestro día a día. Aunque, obviamente, nuestro nivel de energía y vitalidad estará directamente relacionado con la calidad de los alimentos ingeridos.

En este tiempo que nos ha tocado vivir los alimentos están cada vez más desnaturalizados, más procesados, refinados, por lo que se convierten en menos nutritivos e incluso en alimentos que nos pueden causar gran daño a la larga. He comprobado en mí misma cómo el hecho de comer mal durante años me llevó a enfermar para después recuperar mi salud cambiando hábitos alimentarios. Cuando uno comienza a comer adecuadamente no solo el cuerpo físico se beneficia de este cambio, sino que, con el tiempo, también empezaremos a notar cambios a niveles mucho más profundos que tienen que ver con nuestro cuerpo mental, emocional y espiritual, uno se siente con más energía, más centrado, resolutivo, en armonía y más alegre. Realizar cambios cuesta al principio, pero cuando uno experimenta esta mejoría a todos los niveles, cada vez va resultando más fácil ya que aprendemos a escucharnos y a saber lo que nos hace sentir bien alimentándonos desde el amor. Además, es más fácil instaurar nuevos hábitos que eliminar costumbres muy arraigadas, por eso, puede ser conveniente empezar a redactar nuestros objetivos de cambio con un lenguaje positivo. Por ejemplo, en vez de marcarnos el objetivo de “No comer bollería industrial”, podemos redactar el objetivo de “Comer, al menos, dos raciones de verduras al día”. Cuando vamos introduciendo más alimentos sanos, nuestro propio cuerpo nos va a ir pidiendo lo que más le conviene y dejaremos de comer tantos dulces sin tanto esfuerzo. No hay que olvidar que el cuerpo grita lo que el alma calla, así que aprender a escucharlo, quererlo y mimarlo es algo que todos deberíamos hacer. Recordad que detrás de las adicciones alimentarias siempre hay emociones que justifican tales adicciones. La persona aprende a intentar llenar ese vacío emocional con comida.

Por otra parte, es importante dar al acto de comer la importancia que merece. Comer no es algo opcional, todos comemos y, además lo hacemos como mínimo tres veces al día, por eso convendría hacerlo de la mejor forma posible. Por muy sano y variado que uno coma, si lo hace de pie, corriendo, sin apenas masticar, haciendo otras cosas al mismo tiempo o discutiendo con alguien, es difícil que la comida siente bien. Hay que disfrutar el momento de la comida, alimentarse de forma consciente, estando en el aquí y en el ahora, masticando bien cada bocado, sintiendo la textura, el olor, sabor, color de los alimentos. Al principio, suelo proponer un ejercicio que consiste en comer cerrando los ojos, para así tener más despiertos otros sentidos como el gusto o el olfato.

¿Te animas a probar? Puedo acompañarte en este proceso si tú quieres.